lunes, 17 de mayo de 2010
Segunda columna
Hola a todos! Segunda columna. Se me hizo complicado escribir antes de hoy, pero aquí estoy. Estaba barajando algunas ideas acerca de cuál debería ser el tema a tratar en esta segunda columna sobre mis dos ideas más importantes, Pantopía y Flotopía. Pero esta mañana fui a sacarle un turno a la mamá de mi hija al hospital, y vi cuántos pobres viejos (lo digo cariñosamente) tienen que pasarse la noche en vela en una sala de guardia, hacer una cola, en fin, tener que padecer semejante burocracia después de una vida entera dedicada a trabajar, trabajar y trabajar. Esos viejos (repito que lo digo cariñosamente) no nacieron en la Argentina decadente y corrupta en la que vivimos hoy; ellos nacieron en la Argentina “que pudo ser”, la de antes del bombardeo del ’55. Y sin embargo, van a morir, como mi abuela y mi viejo, en esta Argentina, tan diferente del país en el que ellos nacieron… Pantopía y Flotopía nacieron en mi cabeza como reacción a un pensamiento desesperado que atormentaba mi mente: que mi hija por nacer no llegara a la edad adulta viviendo en un país que se cae a pedazos, pero que tampoco abandone a su tierra y su pueblo para ser una “sudaca” en EEUU o Europa. Pero pronto me di cuenta –especialmente cuando murió mi abuela, en agosto de 2006, y mi padre, en marzo de 2007–, que el cambio era mucho más urgente de lo que yo pensé en un principio. Y hablo de los viejos, que sabemos que están cercanos a la muerte porque es el ciclo natural de la vida, pero también están los enfermos que terminan muriendo por negligencias hospitalarias, los asesinados por la inseguridad, los niños que mueren de hambre, etc., etc., etc. Para todos ellos es URGENTE la creación de Pantopía y Flotopía.
Voy a contar una anécdota que me pasó en el hospital esta mañana, para que veamos en qué clase de país estamos viviendo. Mientras yo pensaba en los pobres viejos, había una viejita que parece que tenía un poco de demencia senil, que iba de acá para allá. Ella estaba preocupada de que no vayan a dejar de atenderla. La chica que llegó después de mí le dijo que, en cuanto llegara el guardia, ella iba a hablar con él para que la hiciera pasar sin hacer cola. Efectivamente, cuando el guardia llegó, esta chica habló con el guardia, que hizo pasar a la viejita sin hacer cola. Me preguntaba si hablarle o no hablarle de mi proyecto, y decidí hacerle esta observación: “Poca gente hace lo que vos hiciste. Es increíble cómo la intervención de uno solo puede producir una obra de bien. Pero en esta cola (había como cien personas) solamente vos lo hiciste”. Ella minimizó todo, no le dio tanta importancia. Entonces le pregunté: “¿No te gustaría estar en un grupo de jóvenes y enseñarles estos valores?”. Y ella me dijo que no le interesaba, porque la juventud está perdida, y eso sería una pérdida de tiempo. Hubiera querido decirle lo que estoy haciendo por Internet, pero en realidad, mi historia es tan increíble que suena a “filo” (para los no argentinos, invento, “verso”), así que decidí dejarlo ahí. Pero Mendoza es chica, y esta chica tiene características únicas, que hacen muy fácil ubicarla. Así que si alguien conoce a una chica hija de madre chilena y padre argentino, que nació en Dinamarca, felicítenla por su buen corazón, sus valores en extinción y su excelente educación, y díganle que todavía está en pie la propuesta que yo le hice. Lo tienen que hacer uds., porque yo no sé ni siquiera su nombre. Y no crean que es un “levante”; tengo demasiados problemas personales, familiares y emocionales como para pensar en eso ahora.
¡Waw! ¡Qué largas se hacen mil palabras! ¡Ah, sí! Les pido a los que sigan esta columna, que no pierdan el tiempo recomendándosela a gente importante, instruida, y especialmente si son de Argentina en general, y de Mendoza en particular. ¿Por qué? Porque yo no tengo títulos universitarios, ni tengo dinero, ni pertenezco a una familia ilustre, así que sé que estas ideas no van a prender en Argentina ni en Mendoza. Les aconsejo humildemente que se la recomienden a gente cálida, como los colombianos y venezolanos; a gente valiente, como los mexicanos, cubanos, y gente del Caribe en general; a gente humilde, como los ecuatorianos, peruanos, bolivianos y paraguayos; e incluso a gente que no tiene nada que envidiarnos a los argentinos, pero que por algún motivo siguen creyendo que sí: los chilenos y los uruguayos. Y, por supuesto, me encantaría que algunos brasileños también lean mi columna, a pesar del idioma. ¿Los españoles? Bueno, no tengo nada en contra de ellos, pero sé de muy buena fuente que nosotros los “sudacas”, a los españoles, “les vamos de madre”, como dicen ellos mismos. Es decir, no les importamos un comino. ¡Ojo! No digo que no exista un cinco por ciento de españoles que sí se preocupan por los latinoamericanos; lo que digo es que son apenas una ínfima minoría. Las razones para no recomendarme a otros argentinos, y menos si son mendocinos, son muchas. Sí, ya sé, la primera y más obvia es que “nadie es profeta en su tierra”. Pero también es que, en este país, el “principio de autoridad” según el cual lo que valen no son las ideas sino quién las dice, está enquistado en lo más profundo e inaccesible de nuestra decadente idiosincrasia, así que yo contra eso no puedo ni pienso luchar.
Bueno, ya llevo más de 900 palabras, por fin. Gracias por la lectura, me costó bastante escribir tanto. Pero créanme que tengo muchísimo más para escribir. Espero comentarios, por favor! Como dice Jorge Sosa, ¡no me dejen solo! Nos vemos mañana.
Voy a contar una anécdota que me pasó en el hospital esta mañana, para que veamos en qué clase de país estamos viviendo. Mientras yo pensaba en los pobres viejos, había una viejita que parece que tenía un poco de demencia senil, que iba de acá para allá. Ella estaba preocupada de que no vayan a dejar de atenderla. La chica que llegó después de mí le dijo que, en cuanto llegara el guardia, ella iba a hablar con él para que la hiciera pasar sin hacer cola. Efectivamente, cuando el guardia llegó, esta chica habló con el guardia, que hizo pasar a la viejita sin hacer cola. Me preguntaba si hablarle o no hablarle de mi proyecto, y decidí hacerle esta observación: “Poca gente hace lo que vos hiciste. Es increíble cómo la intervención de uno solo puede producir una obra de bien. Pero en esta cola (había como cien personas) solamente vos lo hiciste”. Ella minimizó todo, no le dio tanta importancia. Entonces le pregunté: “¿No te gustaría estar en un grupo de jóvenes y enseñarles estos valores?”. Y ella me dijo que no le interesaba, porque la juventud está perdida, y eso sería una pérdida de tiempo. Hubiera querido decirle lo que estoy haciendo por Internet, pero en realidad, mi historia es tan increíble que suena a “filo” (para los no argentinos, invento, “verso”), así que decidí dejarlo ahí. Pero Mendoza es chica, y esta chica tiene características únicas, que hacen muy fácil ubicarla. Así que si alguien conoce a una chica hija de madre chilena y padre argentino, que nació en Dinamarca, felicítenla por su buen corazón, sus valores en extinción y su excelente educación, y díganle que todavía está en pie la propuesta que yo le hice. Lo tienen que hacer uds., porque yo no sé ni siquiera su nombre. Y no crean que es un “levante”; tengo demasiados problemas personales, familiares y emocionales como para pensar en eso ahora.
¡Waw! ¡Qué largas se hacen mil palabras! ¡Ah, sí! Les pido a los que sigan esta columna, que no pierdan el tiempo recomendándosela a gente importante, instruida, y especialmente si son de Argentina en general, y de Mendoza en particular. ¿Por qué? Porque yo no tengo títulos universitarios, ni tengo dinero, ni pertenezco a una familia ilustre, así que sé que estas ideas no van a prender en Argentina ni en Mendoza. Les aconsejo humildemente que se la recomienden a gente cálida, como los colombianos y venezolanos; a gente valiente, como los mexicanos, cubanos, y gente del Caribe en general; a gente humilde, como los ecuatorianos, peruanos, bolivianos y paraguayos; e incluso a gente que no tiene nada que envidiarnos a los argentinos, pero que por algún motivo siguen creyendo que sí: los chilenos y los uruguayos. Y, por supuesto, me encantaría que algunos brasileños también lean mi columna, a pesar del idioma. ¿Los españoles? Bueno, no tengo nada en contra de ellos, pero sé de muy buena fuente que nosotros los “sudacas”, a los españoles, “les vamos de madre”, como dicen ellos mismos. Es decir, no les importamos un comino. ¡Ojo! No digo que no exista un cinco por ciento de españoles que sí se preocupan por los latinoamericanos; lo que digo es que son apenas una ínfima minoría. Las razones para no recomendarme a otros argentinos, y menos si son mendocinos, son muchas. Sí, ya sé, la primera y más obvia es que “nadie es profeta en su tierra”. Pero también es que, en este país, el “principio de autoridad” según el cual lo que valen no son las ideas sino quién las dice, está enquistado en lo más profundo e inaccesible de nuestra decadente idiosincrasia, así que yo contra eso no puedo ni pienso luchar.
Bueno, ya llevo más de 900 palabras, por fin. Gracias por la lectura, me costó bastante escribir tanto. Pero créanme que tengo muchísimo más para escribir. Espero comentarios, por favor! Como dice Jorge Sosa, ¡no me dejen solo! Nos vemos mañana.
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